Pablo era un chico más entre los de su barrio. Salvo que no le gustaba el fútbol, apenas se distinguía de los otros muchachos de su edad; eso sí, dedicaba casi todo su tiempo libre a entrenar en el dojo del maestro Fujita. Hacía ya tres años que había descubierto las artes marciales y su entrega y dedicación al judo, desde entonces, eran totales. Ahora, durante las vacaciones de verano, previas a su entrada en la Universidad, había viajado hasta Nagasaki, Japón , donde llevaría a cabo su ambición de entrenar en la sede central de su escuela, a cuyas puertas se encontraba aquella soleada tarde de domingo. No había sido fácil encontrar el  lugar que, como la mayoría de escuelas de artes marciales tradicionales japonesas, no hacía publicidad. Ni tan siquiera había un letrero en su fachada que indicara qué albergaba aquel enorme edificio. Cuando Pablo llegó, sintió que sus piernas temblaban y que algo dentro de su estómago comenzaba a bailar incontroladamente. La incertidumbre ante cómo sería recibido hacía que sus manos sudaran. Por fin apretó el botón del timbre y tras unos segundos que le parecieron minutos, la puerta se abrió. Allí, ante él, se encontraba el maestro Toshio Tanaka, el hombre al que tanto admiraba y cuyo ejemplo quería emular.

– “Bienvenido Pablo san, le estaba esperando, entre por favor.

– Gracias sensei, respondió Pablo inclinando su cabeza en señal de respeto y reprimiendo su impulso inicial de extender la mano. Procedió a quitarse sus zapatos y calzar un par de sandalias de las que se encontraban dispuestas en la entrada. Se acercó a la mesa donde el maestro Tanaka le esperaba y, a indicación de éste, tomo asiento en una de aquellas sillas que le parecieron tan pequeñas.

– Hace ya más de seis años que salí de Argentina y mi español no es tan bueno como era, no he tenido muchas oportunidades de hablarlo. Su instructor, el Sr. Fujita, me escribió hace unas semanas informándome de sus planes. Su intención es permanecer todo el mes de agosto en Nagasaki entrenando en este dojo ¿es correcto?

– Así es, sensei. Antes de nada, déjeme decirle que el maestro Fujita me ha encarecido que le dé sus saludos y que le diga que espera –mejor dicho, que todos sus alumnos esperamos- verle pronto por España”.

Tanaka no respondió, simplemente esbozó lo que a Pablo le pareció una leve sonrisa. Se levantó y se dirigió a la adyacente cocina donde comenzó a preparar té. Pablo aprovechó para hacer una inspección visual del entorno cercano. Las instalaciones eran modernas, si bien austeras, y la pequeña sala donde ahora estaban, supuso, formaba parte del pequeño apartamento que servía de vivienda al maestro. Al fondo del mismo pudo ver las escaleras que conducían a los tatamis del piso superior. Por fin, Tanaka regresó a la mesa y tras servir el té, dijo a Pablo que podría comenzar dentro de dos días y que aprovechara hasta entonces para descansar y aclimatarse. Esperaba de él que, como cinturón marrón, participase en la primera clase de la mañana, en la del mediodía y en la última de la tarde.

Pablo había oído que practicar judo en Japón durante el mes de agosto era de por sí toda una odisea, con temperaturas entre los 30 y 35º, acompañadas de una humedad del aire que reforzaba aquella sensación térmica. La primera semana de entrenamiento fue muy dura pues su cuerpo no cesaba de sudar copiosamente desde los primeros minutos de clase. A aquello, había que añadir su estado de permanente tensión cada vez que tenía que hacer randori con los judokas nipones, siempre dispuestos a comprobar si aquel extranjero era digno de entrenar con ellos. Sabía que tenía que poner todo su esfuerzo y  mejor estrategia para dejar alto el pabellón español. Una vez que los japoneses hubieron comprobado que aquél extranjero podía dar buena cuenta de sí, pasaron a tratarlo como a uno de ellos. Con todos se llevaba bien, excepto con Sugimoto senpai. De complexión fuerte y de estatura superior a la suya, su pelo cortado casi al cero, estilo yakuza, delataba su filiación política y su animadversión hacia todo lo que no fuera japonés. Cada vez que tenía que emparejarse con él, Pablo era derribado estrepitosamente y con más fuerza de la necesaria; incluso con la intención de lesionar. Únicamente cuando Sugimoto sabía que el maestro Tanaka le estaba observando, conseguía comportarse con cierta etiqueta y, en ocasiones, hasta con nobleza.

Las clases se sucedían con rapidez, al igual que los días, y Pablo se hacía consciente de cómo iba mejorando su técnica. Transcurridas las primeras dos semanas, aquellos alumnos superiores que en un principio lo habían zarandeado con tanta facilidad, lo tenían cada vez más difícil.

Entrenamiento de Judo
Dificultad en los primeros entrenamientos de Judo

Estando próxima a finalizar su estancia en Japón, Pablo supo que se celebrarían exámenes de cambio de grado durante el fin de semana y por nada del mundo estaba dispuesto a perder la oportunidad de presenciar semejante evento. No obstante, su cansancio físico le jugó una mala pasada la mañana de aquel sábado, haciendo que se despertara una hora más tarde de lo programado. Saltó de la cama, se vistió y aseó a la mayor velocidad posible y, renunciando a su habitual café matutino, salió a la calle apresuradamente. El dojo no se encontraba muy lejos de su ryokan y calculó que podría llegar en diez minutos si aceleraba su paso. Eran casi las nueve cuando Pablo alcanzó por fin la avenida que le separaba del dojo. Se detuvo impaciente ante la luz roja del semáforo. Cuando se cambió a verde, Pablo se lanzó hacia el otro extremo pero no pudo evitar ver cómo una anciana que cruzaba en sentido contrario perdía el equilibrio y caía al suelo. Aún a sabiendas de que cualquier demora adicional ponía en peligro su entrada en el dojo en tan importante fecha, se acercó presurosamente a la mujer y, sujetándola suavemente de ambos brazos y con cuidado, la ayudó a incorporarse. La buena señora, visiblemente conmovida por el acto de amabilidad de aquel joven extranjero, se deshizo en agradecimientos mientras Pablo la acompañaba despacio a uno de los bancos del cercano parque. La ayudó con calma a sentarse y tomando sus manos en las suyas, le preguntó si se encontraba bien. Ella respondió moviendo su cabeza afirmativamente y, sin perder aquella dulce sonrisa, indicó que quería permanecer allí algún tiempo. Pablo esperó todavía unos minutos a su lado, asegurándose de que aquello no había sido más que un buen susto. Seguidamente se incorporó, dijo “sayonara” a la anciana y reemprendió su apresurada carrera llegando a las puertas del dojo justo cuando un alumno se disponía a cerrarlas. Se le permitió pasar y, aunque empapado en sudor, respiró aliviado y contento. Pudo ver cómo todos los alumnos que iban a ser examinados esperaban en silencio, sentados sobre el tatami en la posición tradicional de seiza, tratando de controlar su nerviosismo. Aún transcurriría un rato hasta que, finalmente, el maestro Tanaka subió al tatami central y las pruebas dieron comienzo. Pablo se maravilló del nivel técnico de todos los judokas y muy particularmente del exhibido por grados más avanzados. Vio como Sugimoto se deshacía sin mayor problema de todos sus contrincantes e incluso cómo se permitía humillarlos, sonriendo con aquel aire de superioridad y prepotencia que a él le parecía tan inapropiado. Trancurridas más de tres horas, los exámenes finalizaron y, siguiendo la tradición, se anunció que los resultados serían publicados el lunes siguiente en el tablón de la escuela.

Cuando Pablo entró en el dojo el lunes por la tarde, pudo ver que un nutrido grupo de alumnos consultaba la lista expuesta con los resultados. Escuchó expresiones de júbilo y alguna que otra de decepción. Se percató igualmente de que Sugimoto, apartado en una esquina, solo y sentado en el suelo, con expresión grave en su rostro, había fracasado. Sin embargo, lo que verdaderamente le conmocionó fue ver su propio nombre al final de la lista, seguido de las palabras “passed Shodan”. Dado que todavía faltaba media hora para que la clase comenzara, decidió aclarar sin demora aquel incómodo malentendido. Se dirigió a la oficina del maestro Tanaka y llamó a su puerta.

– “Sensei, creo que se ha producido un error. En la lista de resultados de los exámenes aparece mi nombre, con el grado de Shodan, cuando yo ni siquiera me examiné”.

Tanaka lo miró durante unos segundos y, por primera vez, a Pabló le pareció detectar una cierta complacencia.

– “Vd. no presentó examen, pero yo le he estado examinando y lo que he visto me hace saber que he tomado la decisión adecuada, dado que está en el sendero correcto”

– Pero sensei, creo que mi técnica…

– “El judo no es técnica únicamente -sentenció el maestro antes de que Pablo pudiera finalizar su frase-. Si continúa su estudio del judo, Pablo san, es muy probable que llegue a su meta más profunda”. Pablo no daba crédito a sus oídos ni comprendía nada, pero sabía que el rebatir la opinión del maestro sería una grosería inaceptable, por lo que se limitó a decir “oss”, mientras inclinaba la cabeza. Tanaka se levantó, fue hacia un pequeño armario del que sacó un cinturón negro, visiblemente usado. Me lo regaló mi sensei cuando pasé mi examen de shodan; ahora es suyo, dijo mientras entregaba con sus dos manos el cinturón a Pablo. Diga de mi parte a Fujita sensei que ha sabido ganárselo y recuerde, Pablo san, que es a partir de este momento cuando verdaderamente comenzará a aprender”.

A Pablo le costó mucho centrarse en aquella clase y ni siquiera las miradas incrédulas que los otros alumnos dirigían al cinturón que ahora portaba, consiguieron que se concentrara debidamente. No acertaba a comprender qué era lo que el maestro podía haber visto en él para hacerle merecedor de semejante honor.

Al abandonar el dojo camino a su pensión -todavía un tanto abrumado, aunque encantado por su cambio de grado y por haber recibido su cinturón negro de alguien tan admirado- se detuvo ante la luz roja del mismo semáforo donde apenas dos días antes había ayudado a una desvalida anciana. No pudo evitar volver la vista hacia el dojo y fue entonces cuando se percató de la figura del maestro Tanaka quien, tras el ventanal de su oficina, contemplaba el atardecer.

Nota: Las fotos que acompañan esta narración no corresponden a personas o lugares citados en misma.

Estatua del maestro Jigoro Kano, fundador del Judo, en el Kodokan, Tokio

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